viernes, 4 de octubre de 2013

True Unhealthy Love

No siempre era la noche la que me inducía a dormir, a acostarme en cualquier rincón de maldad, o mi propia cama. Y mi cama era un problema, ya no por el hecho de hacerlo a solas, no me gustaba compartir cojines, aliento y los sueños que se me escapan sin dejar respuestas ni recuerdos; sino por uno de mis muchos archienemigos, quizás el más temido desde la sobriedad, el celibato y los corazones tallados. El mosquito.

No me refiero a toda la especie, a esos ebrios alados seres en busca de sangre. Nunca llegué a entender qué bueno tendría la mía. Yo era uno de esos tipos contaminados por los vicios, por los excesos. Uno de esos tipos cómodos entre vómitos y fluidos vaginales. Me refiero a él. Un ejemplar único, pequeño, rápido y más astuto que yo, mucho más. Sería el anticristo de los mosquitos, un puto psicópata.

Ya son muchos años analizándolo, intentando aprender de sus movimientos, buscando desesperado marcas en mi cuerpo, zonas abultadas y rojizas. Me rascaba buscando el punto de dolor que te ofrece una picada, jamás tuve la suerte de encontrar nada, nada que llevase su firma. Sólo acechaba, se aproximaba, mostraba su posición noche tras noche y desaparecía. No era un mosquito cualquiera, no buscaba complacerse mordiendo mi piel, engullendo el tinto que recorre mis venas. Él se contentaba con molestar, con acabar con la poca cordura que me pertenecía. Sólo esperaba verme delirar, dar vueltas sobre mí, que mi cabeza implosionara, verme maldecir al techo y desmayarme.

Siempre supe como cazar cualquier cosa, solía matar monstruos cada noche que me daba por deambular por las calles. Normalmente bastaba con noquearlos, con desorientarlos con grandes sumas de alcohol y drogas. Los solía ir perdiendo por el camino, no eran capaces de seguir el ritmo y al igual que muchos perros abandonados, miraban con cara triste mientras le regalabas tu mejor espalda, tu mejor yo. Y nunca encontraban el camino de regreso a casa.

Mujeres, otras preciadas piezas de coleccionista para un cazador. Dados los muchos tipos de chicas siempre se escondía una estrategia bajo su sombra de ojos. La astucia y la labia era el único método correcto cuando no se dispone de un físico que lo haga todo por ti. El mundo está lleno de este tipo de cazadores. Si los estudias objetivamente con una birra en la mano llegarás a entender la necesidad que tienen de triunfar, el fracaso es la muerte de estos individuos, no lo reconocerán, mentirán; pero son reos de muerte.
  
Quizás lo más satisfactorio a la hora de cazar son las mentes. No podría describir todas las erecciones que me provocaron introducir ideas en mentes, llevarlas a tu terreno y cuando nadie mira follártelas como animal salvaje, sin sentimientos ni miramientos. ¿Los besos?, para los novios, aquí solo es válida la saliva que resbala por la piel para introducirse en vaginas y anos. Esperen a la eyaculación, al nirvana. Y es que cuanto más fuerte es la mente, cuanto más cueste convencer y vencer, más se alargará el orgasmo. Añoraría el olor del sudor de dos cuerpos enfurecidos, embistiéndose, por lo demás sería el mejor polvo de vuestra corta y desaprovechada vida.

Pero este puto mosquito me tenía ganado, me tenía hasta las manos por no decir los huevos. Era superior a mí en todos los aspectos: se conservaba bien no sería de chupar sangre negra, estudiaba cada noche el mejor modo de acecharme, de presentarse en el momento oportuno para cabrearme y jamás perdería la paciencia ni la vida, que era más de lo que podía esperar de mi.

En las noches más silenciosas esperaba unos quince minutos hasta que yo ya me había hecho a mi cama, me estaba enterrando en un nuevo sueño de tres o cuatro horas. Entonces iniciaba su ritual, bajaba de su posición y algo se escuchaba de fondo. Un leve zumbido hacia acto de presencia, intensificando a cada aleteo su canción, esa maldita canción que se clavaba en mi sien. Se posaba cerca de mí, los dos lo sabíamos y cuando mi cuerpo se estremecía, resucitaba de su letargo cualquiera de mis brazos y atizaba al aire en numerosas ocasiones, todas sin éxito.

Tras este breve contacto, desaparecía sin dejar rastro. Nunca supe si se marchaba o se quedaba escondido bajo la cama, sería tutor del hombre del saco, se mofarían de mis miedos y de mi falta de sueño, se reirían de cómo tras tanto tiempo seguía siendo la misma presa fácil. Pensareis la típica historia del cazador cazado, pero se asemejaría más a la verdad si me trataran de perdedor.

Y empecé a decaer, cada día más frustrado, las ojeras se intensificaban en mi rostro. Me pasaba las noches comiendo techo con todas las luces encendidas, esperando, deseando que aquél hijo de puta se cruzase conmigo, preparado para matar. El zumbido volvía a mi cabeza, pero era yo el que lo inventaba el que lo pintaba en mi cuarto sin explicación. Apagaba todo para darle comodidad a mi asaltante, para invitarle a salir de nuevo. Pero él era listo, mucho y jamás atacaba dos veces, él sabía controlar sus ganas. Por mucho mono que tuviera se mordía las alas por no salir. No era un kamikaze, calculaba sus pasos y jamás se salía de lo establecido.

 De algo se tenía que alimentar ese cabrón, ¿cómo se las ingeniaba para seguir respirando? De día sería igual de calmado y calculador para comer. Al salir cada mañana rezaba a alguien para que no muriese mi enemigo, para poder darme la satisfacción; igualmente no le querría la muerte ni por mis propias manos. Quería cortarle las alas y clavarlo en mi pared,  quería torturarle como a él le gustaba hacérmelo, alimentarlo para alargar su jodida existencia, regalarle la vida que no merecía hasta que la despreciase. Nunca algo fue tan personal para mí. Yo fui elegido por él, por aquellos tiempos me alimentaba con venganza. Me disfrazaba de un tipo de Montecristo preso, con una maldad inhumana.

El maltrato psíquico era más que notable físicamente, me cansaban los días. Me cansaba la idea de permanecer lejos de una nueva oportunidad. De llegar y no tener noticias de él. Era curioso como la obsesión se había tornado necesidad, no sabía vivir sin él, y él tenía muy claro que se suicidaría sin mí.

Estaba perdiendo peso considerablemente, la ropa ya casi ni me servía, los pantalones resbalaban por mi cintura lentamente, mucho más de lo que la moda marcaba. Recomendaría poner uno de estos mosquitos en vuestras vidas si lo que buscáis es perder peso, una dieta que os permitirá seguir comiendo la mierda a la que estáis acostumbrados, sólo debéis sacrificar vuestras noches, vuestro descanso y como síntoma final, vuestra cordura.

Motivo de dicha pérdida de cordura, me dirigí a un supermercado cercano y llene el carrito de exterminadores de todo tipo: matamoscas, espráis, inciensos, esas bandas donde se enganchan todo tipo de insectos voladores. Nada hacía efecto, me encontraba por las mañanas con las bandas liadas en mi pelo, el gas tóxico descuidaba mis pulmones aún más de lo que yo solía hacer. Los inciensos apestaban mi habitación, nadie se atrevería a entrar con ese olor cargante, se metía en la garganta y se quedaba allí instalado, te secaba los adentros, consumía tu saliva. Los matamoscas se iban rompiendo antes de cumplir su función, nunca llegaron ni a rozar al objetivo. Más que una trampa mortal para él, muriendo estaba yo lentamente.

Las soluciones más sencillas fracasaban, todos los productos eran engañosos o él se había hecho inmune a lo largo de sus años. Las opciones de cambiarme de habitación por unos días, incluso de dormir en el suelo o en el sofá del salón eran inútiles. Conocía todos mis movimientos antes que yo me hubiera parado a planteármelos, me perseguía por todos los rincones de la casa y sólo cuando conseguía relajarme él atacaba, como siempre una sola vez.

No me consideraba un buen escritor, ni siquiera me consideraba un simple escritor, escribía y eso era más de lo que podía pedir; lo mismo me pasaba en el sexo, follaba pero nunca me importó cuanta calidad era capaz de presentar a mi compañía. Cocinar, cocinar era de esas cosas que se me daban bien, a lo que me gustaba dedicarme de vez en cuando.

Cocinando fue cuando tuve la genial idea de asesinar al mosquito, de perseguirlo sin descanso como el asesino enmascarado de un slasher. Estaba picando cebolla, llorando como un perdedor, cuando esto ocurría me escondía tras mis gafas de sol amarillas y seguía con mi vida. Estaba limpiando el cuchillo de los trozos restantes de cebolla cuando descuidadamente apreté mi palma de la mano más de lo que debía. La sangre empezó a caer en la pica, se unía con el agua en su camino al desagüe. No reaccioné, no chillé, no gesticulé, únicamente me centre en ver como la sangre emanaba de la herida. Me recuerdo apretando más, sádicamente provocando que el caudal rojo aumentara y desbordase la piel.

En aquél instante me imaginé capturando al mosquito, lanzando el cuchillo al más puro estilo Rambo, atravesar las alas de mi enemigo y dejarlo atrapado, clavado en la pared. Agarré el cuchillo, que guardaba para sí mismo un poco de mi sangre, y lo escondí bajo mi almohada, ocultando mi arma a cualquier insecto que estuviera vigilando, que pudiera ejercer de soplón.

Las noches pasaban y mi habitación era mi propio reflejo, ahora se veía todo agujereado. Lleno de puñaladas, de navajazos inservibles. El mosquito seguía regodeándose mientras mi cuarto caía en decadencia al mismo ritmo que mi pesada existencia. Podían verme clavar el cuchillo ya directamente en la pared, sin esperanza; tallando nombres, muerte y mosquitos decapitados. Creo que me olvide del objetivo y deliré, deliré hasta el punto de no buscarle, de no dedicarle mi rabia, ahora era mi piel la que sufría los cortes, estudiaba mi umbral del dolor, estudiar la profundidad de los cortes y su periodo de cicatrización. Imaginen un Memento pero substituyan los tatuajes por mensajes a cuchillo.

Las noches me trajeron muchos, demasiados, enemigos; aunque a veces solía equivocarme y hacer un par de amigos, inútil amistad que duraría un par de cervezas. Y muy de vez en cuando se cruzaba contigo un buen mercenario, un tipo al que temer pero en el estado que me solía presentar no había lugar para las emociones. Uno de esos tipos que han muerto aunque sigan respirando, una de esas negras almas que se movían por círculos todavía desconocidos por mí, aunque no tardaría en caer.

Por esto no ha de extrañaros que una buena noche apareciese con una pistola en mi cuarto, una pequeña arma que de momento sólo me había servido para rascarme la cabeza en un par de ocasiones. Había visto demasiadas películas, tantas como para usar uno de mis cojines de silenciador; sobre el papel todo era bastante sencillo aunque no sabéis lo complicado que era apretar un almohadón contra el pequeño cañón de mi pistola.

 Me había sobrado un único esprai mata-mosquitos y decidí tenerlo a mano, junto a mi zippo, lo encendía y lo apagaba con un ágil movimiento. Uní aquellos dos objetos, quemé parte del mural, las cortinas enteras se habían consumido. La calidez de las llamas inundaban mi cuarto, me atrapaba el fuego, me hipnotizaba y durante varios días el mosquito se había borrado de mi mente, las llamas me hechizaban, me invitaban a acercarme, a chamuscar alguna de mis manos, veía como nacían ampollas en ellas sin existir dolor. Estaba realmente mal. Supongo que autolesionarse era el único demonio en vida capaz de borrar del mapa mi extraña necesidad, mi relación bizarra con aquél insecto.

Mi médico de confianza me esperaba puntual cada mañana a las diez de la mañana en su consulta. Esperaba con curiosidad escuchar mis historias nocturnas, ver que lesión me había provocado, ver en qué estado aparecería. Se deleitaba con mis anécdotas, me miraba siempre con los ojos grandes, era el típico abuelo que cuenta batallitas y me daba lástima ese pobre infeliz de bata blanca; yo era lo más emocionante de su vida, y solo soy un mierda más.

Ocho balas, ocho. No había tenido invitados para la última cena, la boda no tenía invitados ni de mi bando ni del mosquito. Nada de cartas de despedida ni herencias. Su ataque no tardó en aparecer, saque mi pistola y desquiciado empecé a apretar el gatillo, sin miramientos, sin apuntar. Bala tras bala, se me había olvidado el cojín silenciador, ya todo daba igual. Siete balas volaron sin acertar el objetivo, y acepté mi destino. Acepté mi fracaso y la tortura que el bicho me iba a regalar durante toda mi existencia. Mis ojos se nublaron, mi cuerpo se tambaleó aterrizando de espaldas en mi sucio colchón. No sé todavía cómo adopté aquella pose, tumbado, derrotado, con uno de los brazos recogido, mientras el de la pistola se colocó estratégicamente para unir al cañón del arma con mi cabeza, aún humeante, caliente.

Quedaba una bala, una. Una oportunidad, una. Y sólo uno de los dos, uno, salió con vida del edificio al día siguiente. Antes de apretar el gatillo sin saber el destino del disparo, me pregunté si no fue mi cabeza la que se había mofado de mí todo este tiempo. Y si todo había sido una mentira, un espejismo creado por mí.

Y si, sólo fue amor. Inevitable. Insano. Love.


by Little C.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cuando Dios no recibe paga

En mi cabeza aún rondaba la percusión que inicia “Simpathy for the devil”, por suerte no era lo único que mi cabeza podía presentar en aquél mismo momento, ya que de un pequeño corte nacía un hilo de sangre más caudaloso de lo que se esperaba de un simple botellazo.

Ese día todavía no había logrado escribir nada con sentido y una llamada con guadaña abrió la veda a mis ebrios demonios sedientos de caminatas inertes, de humo verde y de algún alcohol barato que nublase mi cabeza y cambiase mi percepción de la ciudad donde esa noche mis pies decidieron darse a conocer.

No era extraño verme deambular con un sixpack calentándose en mi mano; debatiendo fervientemente con mis adentros, mostrando a cámara rápida todos los estados anímicos que podía llegar a adoptar en una sola noche.

Serían las 23h más o menos cuando se terminó la cuarta lata de birra, no era un gran ritmo, lo sabía pero esa noche Lady Marie Jane, ya había golpeado mi cabeza en un par de ocasiones, destrozando a su paso mi dispensador de calma. Recuerdo ver vasos de plástico volar llenos de pasotismo adolescente. Y cómo mis manos se alzaron para tocar el fugaz elixir que me arrebató la gravedad. Fue el primer indicio, la primera toma de contacto entre mi mente y las ideas enfermantes que nacerían unas horas después.

No eran ni las doce cuando ya no sabía como tenerme en pie, cada paso era un instante de infierno que se olvidaba con el siguiente. Aunque entre oscuridad y maleza hecha multitud nadie reconocería mi pobre estado, podrían confundirme con un mendigo pero aún así no acertarían a descubrir realmente mi estado. Vomité y nunca estuve más orgulloso de mi obra, fue perfecto en todos los aspectos, era asqueroso casi visceral, contenía el espesor perfecto, muchos grumos pero sin esos trozos de alimentos por digerir. Además la cebada siempre sabía darle color a mis interiores y yo lo había dado todo porque aquél grupo sentado en la calle conociese mi mejor yo.

-          Os lo dedicaría, pero tengo que encontrarme a mí mismo primero.- con esta frase me digne a despedirme.

Entre histeria y muy calmadamente logré esfumarme de todo ese olor, demasiadas cosas muertas de mi, hacían aún más vomitivo ese hedor. El agua estancada era toda una fragancia en comparación. Joder, se te enganchaba ese aroma ácido y dañino, quizás aún lo tenga por aquí. Mientras mi garganta estaba candente mi pobre vista comprobó que no tuviese manchas en mi ropa, no por mi, estaba más que acostumbrado; pero la sociedad se ha vuelto exquisita y ver restos de vomito estaba penado con risas, miradas de superioridad, alguna limosna, y un claro “Así no puede pasar, caballero”. 

Era gracioso cuando tambaleándome sacaba de cualquier bolsillo un buen rollo de billetes, sin importar el color, los rollos siempre impresionaban, entonces se te abrían las puertas, los culos de los porteros esperando billetes en sus sudorosos y peludos culos o afeitados como marcan los cánones, y los “Disculpe señor puede pasar, no le reconocía...”. En esos momentos de placer, solo quedaba desabrocharme los botones del pantalón, obscenamente mejor, sacar la polla y con un buen chorro de presentación ponerse a mear entre gorila y gorila, si, ese gran dulce placer amargo.


No soy un rico derrochador, tengo el dinero justo para pasar los días, pero siempre me gustó beber acompañado de una cartera llena, una de mis muchas manías nocturnas. Pero siempre supe que las noches no acaban con la presencia del Sol y siempre se necesita parné para sobrevivir en el mundo del alcoholismo.

Necesitaba comer, lo más fácil era pararme en cualquier puesto de comida rápida, esos surtidores llenos de plástico comestible, de alquitrán fácil de digerir y evacuar. Tras cuatro hamburguesas ya había evacuado de mi sistema la humeante droga; no era por elección propia pero lo necesitaba para seguir cenando whisky en cualquier tugurio.

Era una de esas noches donde te encuentras destinado al garrafón. Los selectos clubes o las tabernas sofisticadas, daban pie a historias difíciles, a mujeres problemáticas y grandes historias para escribir, historias para alimentar a mis demonios; pero era una de esas noches donde te encuentras destinado a huir de ti mismo. Para dicha misión no hay nada mejor que la gran cantidad de baja calidad.

Siete u ocho cubatas más tarde, ya me encontraba mucho mejor, llegaba a encontrarme y abrazarme.
La gente se cree que al encontrarse uno se le resuelven todos los problemas, la vida fluye mejor y la felicidad llega. La felicidad nunca se fue, no encuentre la salida, pero la ignoráis. Yo me encuentro en cada vaso de graduación importante, me abrazo y me despido de mí mismo hasta la próxima. Y dejo que mi pésima existencia siga su curso natural. Porque encontrarse es muy bonito, dicen que te llena, pero al mundo le importa una mierda estos encuentros, te seguirá jodiendo por mucho que estés realizado o en armonía.

Miraba de reojo ese grupito de modernos, ella destacaba como siempre pasa, no era gran cosa, pero todo se magnifica de noche. Pequeñita, con las manos en los bolsillos, sonreía de vez en cuando y juraría que nuestras miradas se cruzaron en un par de ocasiones; confesaré que en muchos momentos mis ojos hacen contacto con cualquier figura interesante pero mi cerebro no recibe señal ninguna. Así no podría asegurar que la chica de la falda me hubiera estado mirando todo este rato. Me levanté haciendo gala de una libertad absoluta, da igual si acabara preso o pateado por un equipo de rugby, haría lo que quisiera en el momento que las ganas se me presentase, sin importar nada más. Las consecuencias de mis actos siempre pensé que eran ajenas a mí, siempre nacían en los demás y optaba por despreocuparme por los demás, no me juzguen, es la carta de presentación de nuestro egoísmo innato.

Me dirigí hacia ella, la silueta se tornaba borrosa, pero conseguí no alejarme o desviarme del objetivo, muy sutilmente interrumpí la divertidísima conversación tocándole el hombro, ella viró. Por su cara mis sospechas eran ciertas, no me había visto en toda la noche, pero vinimos a jugar.

-          Creo que entre tu falda y el alcohol, se ha averiado mi aire acondicionado.

Me miró incrédula, la miré con ganas. La besé, un beso intenso, mi lengua rozó sus labios, pero su boca desinteresada no se abrió, más bien se alejó de mi disparada. Aún no se de donde salió esa agilidad en mi brazo, la agarre de la nuca, y volví a besarla, esta vez se regaló más, note como su boca se abrió entregándome su lengua áspera, mordí el manjar. No me hicieron falta ni dos segundos para adivinar que no tenía ni puta idea de besar, siempre tan contenida ella.



Y se desataron mis ganas, se borró el contexto y mi mano le dio un repaso a su aún seco tanga, de coño a culo, dejé mis huellas impresas en aquella inocente. Se apartó sorprendida de aquél descaro característico en mi, y desde el fondo del bar se inició un tumulto. Por lo poco que pude ver, tenía claro que yo era el destinatario de los gritos, de todos aquellos “fill de puta” y reí. Cinco segundos fueron suficientes para tener en mi frente estampada una botella de cristal, por más que intento recordar la marca de la cerveza no lo consigo, pero sé que lo único que pensé en ese momento era beberme una de esas. Dado el frío cristal y la sangre creo que era conexión suficiente como para dedicarle el resto de la noche a esa bebida, pero no lo conseguí. Tras el impacto, descubrí que no había conectado con aquella birra, que él seguramente era el novio de aquella tipa, y que eran demasiado jóvenes como para perder la fe en el compromiso en las relaciones que la sociedad nos ha enseñado en pizarra. Para medir 1'90m el chico no sabía golpear, lo tenía todo a su favor y fracasó.

Salí por mi propio pie y dado mi estado y el altercado eso era mucho decir. Vagué fugazmente por callejuelas llenas de rostros, de sonrisas ebrias, de tonterías de colegiales. Como siempre sude de todo el gentío hasta llegar a otro querido sixpack. Empece la primera mientras caminaba y me encontré a una compañera para beber. Morena, no muy alta, quizás no resaltará entre la multitud pero tenía un cuerpo proporcionado y era lo máximo que podíamos pedir a esas horas.

Seguimos bebiendo e intentando vender las latas que aún quedaban intactas, sin éxito. La gente ya no estaba por beber e ignorándoles nosotros íbamos acabando la cerveza, compartiendo latas. Llegamos al mar, sería falso porque solo se veían barcos, barrenderos y algunos pakis pescando al hilo. Dada su escaso éxito en la noche me identifiqué con aquellos mendigos, no habría desayuno para ninguno de nosotros, y la cerveza se acabó.

Nos recogíamos, todo había acabado ya, bueno no todo. Ganas de mear despertaron en mí, demasiada seguridad en los puestecitos nocturnos me hicieron cobijarme en uno de los muchos contenedores, baño público durante toda la noche no le importaría un par de meadas más.
Digno placer que bien sienta siempre, me sacudí un par de veces, las gotas ya no se precipitaban y me guardé la polla. Esa sería la única acción que vería hoy.

Me estaba despidiendo del charco dorado cuando ella se atrevió a mear justo allí delante de mi. Raramente con mi ebriedad me hubiera fijado en tan insignificante detalle, pero esa noche era diferente, estaba hundido y cuando estoy hundido despierte la parte más perturbada de mi mente.
Podía escuchar perfectamente la cascada golpeando el suelo, la tenía detrás mío a tan solo diez centímetros, podría echar un vistazo, algo rápido, indoloro. Pero fui más allá, no podía controlar mi ser, y eso es síntoma de una gran noche.

No quería sexo, no quería besos, era demasiada buena chica como para corromperla. Todos mis sentidos, mis deseos se centraban en agacharme delante de ella e introducir mis manos en aquella lluvia caliente, cobijarme como un demente bajo sus piernas, lavarme las manos en esa colonia salada, tan personal, tanto que tenía que ser mía. Torpemente me giré, y me precipité sobre ella. En mi cabeza un único objetivo, acercar mis manos, lavarme la cara.

Mi posición me hacía vulnerable, podría recibir la huella de su calzado en cualquiera de mis mejillas, incluyendo un directo a la nariz, pero ya había sangrado aquella noche. Me deje de cobardías y logré colocar ambas manos entre sus piernas. Ella vaciló pero entendió perfectamente la falta de sexualidad en mis actos, solo era un ser desnudo, pobre, buscando cariño en los sitios más extraños.
Sentí el calor del líquido, el contraste con la fría noche, su olor me impregnó de inmediato. Me lleve las manos a la cara intentando no desperdiciar ni una sola gota del elixir. Notaba como mis mejillas enrojecían al entrar en contacto con mis húmedos dedos. Temblando me lleve los dedos a la boca, los lamí tímidamente, devoré aquellas manos con ansía.


Le ayudé a levantar no sin antes limpiarme las manos en la camiseta, ahora amarillenta:

-          ¿Desayunamos? - preguntó ella queriendo alargar la noche, de día.

Me encendí un cigarro, la miré, me tenía ganado y:

-          El desayuno nunca viene incluido.


Fue mi despedida, mi agradecimiento a la persona que me había salvado del infierno. La salvé al prometer no volverla a ver, ella me intento hacer creer en el destino pero Dios no mira cuando no le pagan.

by Little C.

martes, 21 de agosto de 2012

Droga Experimental


No habría vuelta atrás, quizás la decisión más transcendente de su vida; por un segundo dejó caer su cabeza hacia atrás, hizo el sofá suyo y cerró los ojos. ¿Cómo una pastilla tan pequeña podía significar tanto? ¿Cómo su azul químico podía hipnotizarte hasta la duda? Su poder sobre él era admirable, pero el temor es lo que tiene, que nos puede.
TX-235, ese era su nombre farmacéutico. Una droga de experimento, capaz de borrar los recuerdos. Una nueva posibilidad de borrar los errores, el dolor, las tragedias y las alegrías que jodieron el Karma. Nadie advirtió que no se mezclase con alcohol, pero juró que su sabor insípido estaba destinado a colarse entre los hielos de un vaso de whisky.
Sin avisar, como si la vida se acabase en los siguientes minutos, acabó con el vaso, con sus recuerdos, con ella….
…la cabeza le estaba matando, el sudor frio le impedía moverse de la cama, los flashes de vidas ajenas aparecían en cualquier pared, le intimidaban, los flashes de vidas ajenas no cesaban, los flashes de vidas ajenas en blanco y negro, los flashes de una vida que le sonaba cercana hacían la noche suya entre espasmo y espasmo. Quizás nadie habló de efectos secundarios, pero no se perderían esta fiesta.
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Una brisa estival ondeaba las cortinas a su antojo, mientras de fondo la televisión murmuraba, pasando desapercibida como cada vez que coincidía tu cuerpo y el mío en la misma sala, ahora dormidos.
Y no se si fue por ese murmuro o porque no podía perderme tu cuerpo desnudo enrevesado entre las sabanas, tu torso al aire, desperté. Justo en el instante donde una gota recorrió tu cuerpo muriendo dentro de tu ombligo. Recuerdas como mi dedo índice la quiso imitar y posarse sobre tu ombligo, recuerdas tu sonrisa al despertar?
Y alcé la vista, justo cuando el Sol decidió entrar a visitarme, cegándome por un momento, algo fugaz pero lo suficiente como para que esa droga hiciera su efecto. Y como si de un truco de ilusionista fuera, desapareciste. La cama doble, solo era el recuerdo de la misma, ahora solo se trataba de un sofá cama bastante viejo, y la foto de nuestros pies sobresaliendo por debajo de las sabanas, ya no era la mejor broma que nos hicimos, ya no era…

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Despertó por fin el viento al que el otoño nos tenía acostumbrado, a los días grises que no perdían su magia, los días de playa, de tu falda larga, muy gitana. De esas que solo saben volar.
Y tu otra vez pedías ayuda desde el suelo, porque no podías luchar contra un viento juguetón que te prefería tumbada. Y yo otra vez poniendo la misma mano inocente, blanda sin fuerza como para aguantar tus tirones. Y sabes cómo odio el roce de la arena, mis tejanos y mi piel, pero ahí estábamos los dos recogiendo arena cada tres vueltas de campana, escasos besos en momentos puntuales, que cesaron cuando aquél perro se encariño de nuestros juegos y lamio tu mejilla. Las risas cesaron en el momento que me dejaste en el suelo, con ese perro besucón, y me invitaste a mirar tu contoneo mientras te alejabas consciente de que eras dueña de mi mirada.
Pensé que te detendrías, pero a pesar de mis gritos, tu sombra se esfumo en un golpe de viento y arena, incluso el perro ya no existía y el brazo con el que lo acariciaba cayó abatido al suelo. Y finalmente la playa se borró.

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Las luces me despertaron de esa media hipnosis que tuve o quizás fue tu pisotón seguido de un perdón entre risas…
Bonita noche para visitar la feria, no una de las abandonadas que mi mente escondía comenté…
La noche donde dejé ver toda mi esencia, intentando ganar cualquier peluche de tamaño considerable, y regalándote aquél perro trasquilado, que hubiera querido cualquier muñeco de vagabundo. Como reía la señorita, no sé si por el cariño que le acabo cogiendo al peluche más feo de la historia, o por los 40 euros que me deje tirando con una escopeta que funcionaba bien, pero para mí que lo falló todo adrede, y entré aquél feriante y su exagerada humillación te regale el peluche más sobrevalorado del mundo de los feriantes y su cante. Tu beso en la mejilla, y tu caricia, me consoló de tu media hora de broma….broma que ya no entiendo, porque no queda nada para entender.

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Fueron desapareciendo esa misma noche todos los libros a medias, el vaso de dos cepillos de dientes pasó al vaso de un cepillo, los escasos viajes sexuales y turísticos se borraron de todos los marcos de la casa…

Todavía queda aquello que sueles usar de pijama, sin olor, sin saber que fue tuyo…

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Y aquí te vuelvo a encontrar, sin saber que eres tú, tú sin recordar que sonrío más que río, aunque no lo sepa hacer. Y así estamos aquí y ahora sin pensar que elegimos borrar por dolor, que bebemos para ahogar nuestras penas. Más bien pensando cuanto daríamos por poder vivir el primer libro, canción o retwit, los lugares y las situaciones con la emoción de una primera vez…

Recuerda aquél tren que cogimos muy bien sin saber donde bajarnos…

¿Recuerdas aquella rosa naranja que te regale un Sant Jordi? Alguien la borraría pero después de verla, sé que me besaste…para acabar con un gran Lunes al Sol.

Que solo queda por saber lo que nadie se atrevió a preguntar...¿Lo vivirías todo de nuevo conmigo por primera vez?

jueves, 26 de enero de 2012

Dejar de escribir

Soy escritor, carta de presentación. ¿Y qué? Esperas gloria únicamente por eso, ¿cuál es tu legado?¿Qué has dejado aquí que merezca la pena? Mi más sincera "Nada", con eso me basta, sin provocar, pasando desapercibido, pero no es el gran plan, la desmotivación, la falta de hambre, funcionará durante un rato, y luego, ¿qué? Luego el silencio que nos representa, luego se hace ahora volviendo a nuestra madriguera, a soñar todo lo que nos falta. Dejar de escribir, la muerte de mis palabras, la pérdida de una estrella...la búsqueda de el corazón.

Y de nuevo cae la noche, y mi cuerpo cae sobre la cama que se queja, no tanto de mi peso, más bien de mi dejadez, de mi falta de voluntad. Nos despedimos de otro jueves cobarde, uno de esos días donde no fue, pero confesamos, mejor dicho nos convencemos con la almohada de testigo que mañana será el gran día, que de ese día no pasa. Pero no nos alcanza con dichas palabras, necesitamos visualizar mil situaciones, contarle al mundo, que duerme y te contesta con un "déjame en paz", como triunfarás, le detallamos cada segundo, porque desde nuestra guarida sabemos inventar, somos creadores de humo y eso nadie nos lo podrá quitar.

Cerramos los ojos, y empieza el recital, fijaos que nadie soñará como empieza el partido, saltamos a la gloria, a los segundos finales, a esa remontada imposible, somos Dioses y lo demostramos poniendo el marcador a diez segundos del final, disfrazándonos de delincuentes robamos en la última posesión, driblamos hasta a nuestros propios miedos, con pasos que ni existen que les pondrán todos vuestros nombres, nos encontraremos mano a mano contra un portero y marcaremos el mejor gol de la historia, sin despeinarnos, nos marcarán tres hombres y aún así el triple imposible entrará sobre la bocina como hicieron los grandes, y entre aplausos y euforia nos dormiremos arropados por una magia que no existe, las sonrisas se borran cuando nos damos cuenta de que sólo sabemos soñar, por eso los sueños no se cumplen. Porque soy el rey de los cobardes, y cuando encuentro mis sueños pasando por delante de mi, sólo pienso en volver a mi madriguera, a mi escondite y volver a soñar.

Puestos a confesar, no temo mis fallos, no temo los reproches, siéntete responsable de si soy de tu agrado o no, me basta con gustarme, con ser yo y que sepáis quien soy (vida pública). Sin embargo odiamos todo lo que nos haga o provoque que demostremos nuestra vulnerabilidad, nuestro ser más sensible, odiar cuando nuestra rodilla izquierda se empeña en tocar el suelo, cuando la toalla blanca roza la lona (vida privada).
La realidad nace de mi, de mi conformidad, de ese afán por no arriesgar y contentarse con lo que viene (vida secreta). 

¿Lanzarías el penalti decisivo? Quizás no nos quede otra, en la novela de Frankestein, podríamos entrever que cuando lo perdemos todo realmente somos libres, libres para actuar para enfrentar cualquier verdad, ya que sólo cuando no nos queda nada, el miedo desaparece. Cobarde, realmente detestable, entiendo pues que cuando no sea nadie, cuando lo haya perdido todo seré capaz de ganar o de enfrentarme a esa tanda de penaltis.Yo fallo todas las veces que no chuto ese balón, fallo todas las veces que no llego al segundo palo, yo fallo cuando vuelvo a mi madriguera y dejo que estos dedos hablen por mi, cuando les permito que simbolicen todo mi valor, toda mi valentía.

Todo se resume en ser escritor y  detestarlo, odiar que mis palabras no salgan no nazcan si no es aquí, desde mis huellas. Repugnarme la idea de morir sin un teclado, sin una máquina de escribir o un bolígrafo. En el papel se refugian los niños que no saben crecer, ni luchar.

Así me invitaré a salir a la calle de noche, a buscar el corazón que me faltó durante tantos años, a dibujar objetivos en el aire, a dejar los sueños de lado, y salir una y mil veces, hasta que la Luna se canse de mi, hasta que yo deje de ser yo, y consiga algo mejor que hacer que dejar que mis huesos conozcan el más puro frío de invierno.

Porque todos necesitamos dejar de escribir...

lunes, 14 de noviembre de 2011

En Vespa fuimos a morir, ebrios de nuevo

Y aquí me encuentro de nuevo, en una habitación cada vez más conocida en la que no me acostumbro a este olor que me sabe a lejía en vaso de tubo sin hielo, mientras el frío es un huésped no muy bien recibido, mientras las gotas caen en el olvido, me descubro por primera vez de nuevo.

Y si vas a caer procura llevarte a la tumba un par de frases buenas y grábalas a uña en el cartón, y no te preocupes por levantarte, más que te acompañen los importantes y se tumben a rezar y a contemplar ese cielo de papel húmedo que huele a tierra y césped mojado. 

Que vengan almas manchadas de pecados y tachen el "Descanse en Paz"; que no vivimos para descansar y al morir no querremos empezar, que la autodestrucción siempre fue nuestra mejor cualidad, pese a que no todos supieron conseguirlo ni llegar al clímax de una hermosa resaca, en un día violento de ruidos y estruendos que se clavan en sienes de ojos que no quieren ver las calles pobladas.

Porque deberíamos exiliarnos en jaranas, sin temer a las peleas que se forman alrededor de medianoche, donde los nudillos vuelan torpes y se clavan en dura piedra que se quiebra, abriendo el grifo de sangre. ¿Dolor? Dado el grado de alcohol, y de adrenalina, Dolores no se atreve a asomarse y preguntar si es bien recibida, sabe que no. 

Porque deberíamos exiliarnos en alcohol, ese que hace olvidar las lecciones de una vida que no quiere que aprendas más de lo que te quiere ver caer. Los consejos no son más que papel del water, de gente que no se atrevió a abrir puertas donde el ruido se dejaba ver por la mirilla, consejos de espectadores que se calientan bajo una manta y sacan la cabeza de entre las piernas para creerse con derecho a hablar, hagan cola que yo les diré cuando es su turno.

Y es cuando entra en acción esa familia católica que no pisó una iglesia más que para casarse y ducharse en manos de un pedófilo en potencia, programar un buen entierro con ceremonia y sermón de un señor disfrazado que no llegó a conocerte pero dedica las mismas palabras a todos los difuntos porque en definitiva vives para trabajar y vista una hormiga vistas todas. Pero aún así se cree con derecho a abrir la boca, aliento a whisky barato, acércate un momento y el olor nauseabundo de alguna prostituta te sentará en tu asiento; es cuando decidimos no ir a nuestro propio entierro, bajar a los infiernos sin ni siquiera intentarlo arriba, y pronunciar la mejor frase que se inventó: "Deja el vaso, y tráeme la botella..." 

Porque en la más sucia de las tabernas del averno tirado en los lavabos te encontraras a Dios, llorando por no haber quemado la Iglesia y la Biblia en cuanto tuvo ocasión, dirá que se lo pensó durante tres días, pero lo dejó para mañana...



lunes, 13 de junio de 2011

Cálculo Avanzado

La respiración agitada, las piernas corrían cual carrera salvaje en un hipódromo, las manos se apoyaban en cualquier pared resbaladiza, llena de mugre, cualquier cosa para cambiar de dirección, para seguir huyendo, para no caer ni perder el equilibrio de una vida inestable de por si. La persecución se volvía cada vez más intensa, más necesitada por la presa que por el cazador; unas inagotables fuerzas por escapar de lo ajeno, de lo desconocido, de ese azul marino que nos aboca a un final lleno de incógnitas, a un giro de toda la trama, una muerte incierta.

Porque todos los cementerios están llenos de lapidas rotas, de tumbas vacías, que se llenan y se vacían por los mismos cadáveres día tras día. Siendo la vida una sucesión de muertes, muertes de situaciones, de tiempos, de parejas, de amistades y de familias; la vida solo es soñar con algo mejor y luchar por no conseguirlo pero quedarnos cerca.

Y giro un momento mi rostro, solo un respiro de una persecución que me consume, y por primera vez veo el rostro de mi perseguidor, de mi cazador sin rifle. Fue cuando el corazón amagó con detenerse, con dejar de huir y ser capturado, preso por ese rostro moreno, tan familiar y tan odiado a la vez, era yo. Y allí me encontraba persiguiéndome a mi mismo, siendo poco original, preguntándome cual de ellos era el verdadero yo, cual era el malvado de los dos.

Cesó, la respiración agitada cesó, dando paso a una más torpe y pausada, a un último aliento que no se despedía fácilmente. Tos y todo mi cuerpo se desvaneció bajo el dolor de un torso contagiado, bajo una camiseta rota por un único lugar, bajo ese hilo tímido de ese tono rojizo de un tinto que solo una herida puede producir, bajo ese cuchillo que mi yo más amable clavó a consciencia.

Sin huellas, ni testigos, se da media vuelta y continua corriendo hacia el Sur de un día que muere como ese cuerpo mojado, en medio de un callejón que no invita a entrar. Y descanso en paz en mi nuevo lecho, esta vez de muerte, más tranquilo que nunca, y no es mi vida la que veo pasar ante mi, ni los gatos que devoran contenedores llenos de basura no reciclada, solo logro ver sin comprender, otra....

Todos morimos de vez en cuando, no entiendo la gravedad de un acto tan natural, del miedo a lo desconocido cuando hace más daño lo conocido, lo vivido. Porque quedarse atrapado en un dolor incesable, en la rotura de un corazón cobarde, si solo se rompe una vez, si todo lo demás no son más que rasguños, heridas superficiales, porque quedarnos aquí, porque no elegir morir para volar por mares y montañas, para encontrarnos de nuevo y sonreír sin motivo, para dar significado a un mundo que sin ti seguiría girando pero contigo lo hace con más estilo.

...otra de esas noches donde vives de la lluvia, de sueños que no se cumplen los quieras contar o no, otra de esas noches donde no crees en el destino pero él se vuelve a mofar, a darte una última primera lección de quien manda en este juego de tango de cuerpos separados y palabras vacías, otra de esas noches mágicas que no sueles regalar. Porque son estos en los momentos donde una nueva persecución se inicia, cuando todo acaba, de camino a casa, empiezas a acelerar el ritmo para no parar hasta sentir el frío acero abriéndote paso hacía otra vida.

Acabar para iniciar, morir para volver a vivir esas noches insuficientes, para vivir momentos que no pueden existir pero lo hacen por un solo motivo, para buscar excusas, para susurrarte que esas noches pobres fueron las mejores de mi pasada vida, para despejar una incógnita que se me resiste...

viernes, 6 de mayo de 2011

La vida un segundo antes de...

Buscaremos una casualidad, una X en un mapa, un punto de partida, una torpeza que acabe con algo derramado sobre blusas delicadas, un chispazo que deje señal, que nos muestre que no estamos soñando. Y luego dejarnos llevar, no seremos más que delfines que arrastrados por la corriente, más que cubos metálicos que ruedan colina abajo sabiendo que el golpe será insalvable, pero nos tiraríamos otra vez.

Pero mirad primero vuestro interior, mirad a ese extraño del espejo e intentad conocerlo, amarlo y odiarlo; buscad ese sendero que os lleve a la verdad de un reflejo, dejad que vuestro pensamiento sobre vosotros mismos sea áspero, suave, frío, real. Descubrid quienes sois y anunciaros al mundo, y no esperéis remover ningún sentimiento en los demás, si vuestro reflejo pálido no os sugiere nada, no habléis de amor si no entendéis de marcas de carmín en espejos, ni de odio si no conocéis el mal augurio de romperlo. No seréis más que un pétalo despidiéndose inesperadamente de una flor, derramando un agua de un jarrón ignorado pese a vaciarse.

Y sin embargo será nuestro afán por llegar a la cima lo que acabe con nosotros, con nuestra ilusión, con nuestras fuerzas. Nos enseñaron que todo lo que sube baja, y las cimas solo son el inicio de las caidas, muy a vuestro pesar dejenme que viva alto pero sin tocar el cielo, que encuentre cobijo en la cueva de una ladera, donde no tenga que precipitarme de nuevo. Saluden al escalar hacia arriba, ya rezaré cuando caigan.

Porque todo es parte de ese plan fallido, de esa misión donde no acertaste el objetivo, ese sicario que solo dispone de un disparo. Porque todo se resume en un disparo, en el sudor previo cuando observas por la mirilla, más grande que nunca, señalado, anunciándose ante ti, ese momento de duda donde el Sol tan caprichoso como siempre te ciega, se burla. Ese apartar tu mirada del rifle mientras tus ojos regalan gotas al suelo, solo para comprobar que todo sigue mal en tu mundo y apretar con unos ojos que no desean abrirse. Porque todo se basa en un disparo, en ese viaje al tejado, ese trato delicado a una arma deseada y odiada, esa bala que acierte o falle, solo vivirá una vez y será la única verdad que hoy se atrevan a contarte, la única definición válida de la aceleración de un corazón. Solo algo que te hace sufrir, que te quema por dentro, algo que te hace dudar, y que te preparas a conciencia, que temes, pero te envalentona; seguridad y miedo. Es capaz de crearlo todo, incluso polos opuestos, durando lo que dura el volar de una bala. 

Te ganaras la libertad entendiendo que en los momentos que de verdad importan, lo que realmente consiguen trascender, disponemos de un solo disparo porque el amor nunca creyó en segundas oportunidades.

Al final solo desearemos ver la muerte natural de un árbol y sonreír segundos antes de nuestra autopsia.