miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cuando Dios no recibe paga

En mi cabeza aún rondaba la percusión que inicia “Simpathy for the devil”, por suerte no era lo único que mi cabeza podía presentar en aquél mismo momento, ya que de un pequeño corte nacía un hilo de sangre más caudaloso de lo que se esperaba de un simple botellazo.

Ese día todavía no había logrado escribir nada con sentido y una llamada con guadaña abrió la veda a mis ebrios demonios sedientos de caminatas inertes, de humo verde y de algún alcohol barato que nublase mi cabeza y cambiase mi percepción de la ciudad donde esa noche mis pies decidieron darse a conocer.

No era extraño verme deambular con un sixpack calentándose en mi mano; debatiendo fervientemente con mis adentros, mostrando a cámara rápida todos los estados anímicos que podía llegar a adoptar en una sola noche.

Serían las 23h más o menos cuando se terminó la cuarta lata de birra, no era un gran ritmo, lo sabía pero esa noche Lady Marie Jane, ya había golpeado mi cabeza en un par de ocasiones, destrozando a su paso mi dispensador de calma. Recuerdo ver vasos de plástico volar llenos de pasotismo adolescente. Y cómo mis manos se alzaron para tocar el fugaz elixir que me arrebató la gravedad. Fue el primer indicio, la primera toma de contacto entre mi mente y las ideas enfermantes que nacerían unas horas después.

No eran ni las doce cuando ya no sabía como tenerme en pie, cada paso era un instante de infierno que se olvidaba con el siguiente. Aunque entre oscuridad y maleza hecha multitud nadie reconocería mi pobre estado, podrían confundirme con un mendigo pero aún así no acertarían a descubrir realmente mi estado. Vomité y nunca estuve más orgulloso de mi obra, fue perfecto en todos los aspectos, era asqueroso casi visceral, contenía el espesor perfecto, muchos grumos pero sin esos trozos de alimentos por digerir. Además la cebada siempre sabía darle color a mis interiores y yo lo había dado todo porque aquél grupo sentado en la calle conociese mi mejor yo.

-          Os lo dedicaría, pero tengo que encontrarme a mí mismo primero.- con esta frase me digne a despedirme.

Entre histeria y muy calmadamente logré esfumarme de todo ese olor, demasiadas cosas muertas de mi, hacían aún más vomitivo ese hedor. El agua estancada era toda una fragancia en comparación. Joder, se te enganchaba ese aroma ácido y dañino, quizás aún lo tenga por aquí. Mientras mi garganta estaba candente mi pobre vista comprobó que no tuviese manchas en mi ropa, no por mi, estaba más que acostumbrado; pero la sociedad se ha vuelto exquisita y ver restos de vomito estaba penado con risas, miradas de superioridad, alguna limosna, y un claro “Así no puede pasar, caballero”. 

Era gracioso cuando tambaleándome sacaba de cualquier bolsillo un buen rollo de billetes, sin importar el color, los rollos siempre impresionaban, entonces se te abrían las puertas, los culos de los porteros esperando billetes en sus sudorosos y peludos culos o afeitados como marcan los cánones, y los “Disculpe señor puede pasar, no le reconocía...”. En esos momentos de placer, solo quedaba desabrocharme los botones del pantalón, obscenamente mejor, sacar la polla y con un buen chorro de presentación ponerse a mear entre gorila y gorila, si, ese gran dulce placer amargo.


No soy un rico derrochador, tengo el dinero justo para pasar los días, pero siempre me gustó beber acompañado de una cartera llena, una de mis muchas manías nocturnas. Pero siempre supe que las noches no acaban con la presencia del Sol y siempre se necesita parné para sobrevivir en el mundo del alcoholismo.

Necesitaba comer, lo más fácil era pararme en cualquier puesto de comida rápida, esos surtidores llenos de plástico comestible, de alquitrán fácil de digerir y evacuar. Tras cuatro hamburguesas ya había evacuado de mi sistema la humeante droga; no era por elección propia pero lo necesitaba para seguir cenando whisky en cualquier tugurio.

Era una de esas noches donde te encuentras destinado al garrafón. Los selectos clubes o las tabernas sofisticadas, daban pie a historias difíciles, a mujeres problemáticas y grandes historias para escribir, historias para alimentar a mis demonios; pero era una de esas noches donde te encuentras destinado a huir de ti mismo. Para dicha misión no hay nada mejor que la gran cantidad de baja calidad.

Siete u ocho cubatas más tarde, ya me encontraba mucho mejor, llegaba a encontrarme y abrazarme.
La gente se cree que al encontrarse uno se le resuelven todos los problemas, la vida fluye mejor y la felicidad llega. La felicidad nunca se fue, no encuentre la salida, pero la ignoráis. Yo me encuentro en cada vaso de graduación importante, me abrazo y me despido de mí mismo hasta la próxima. Y dejo que mi pésima existencia siga su curso natural. Porque encontrarse es muy bonito, dicen que te llena, pero al mundo le importa una mierda estos encuentros, te seguirá jodiendo por mucho que estés realizado o en armonía.

Miraba de reojo ese grupito de modernos, ella destacaba como siempre pasa, no era gran cosa, pero todo se magnifica de noche. Pequeñita, con las manos en los bolsillos, sonreía de vez en cuando y juraría que nuestras miradas se cruzaron en un par de ocasiones; confesaré que en muchos momentos mis ojos hacen contacto con cualquier figura interesante pero mi cerebro no recibe señal ninguna. Así no podría asegurar que la chica de la falda me hubiera estado mirando todo este rato. Me levanté haciendo gala de una libertad absoluta, da igual si acabara preso o pateado por un equipo de rugby, haría lo que quisiera en el momento que las ganas se me presentase, sin importar nada más. Las consecuencias de mis actos siempre pensé que eran ajenas a mí, siempre nacían en los demás y optaba por despreocuparme por los demás, no me juzguen, es la carta de presentación de nuestro egoísmo innato.

Me dirigí hacia ella, la silueta se tornaba borrosa, pero conseguí no alejarme o desviarme del objetivo, muy sutilmente interrumpí la divertidísima conversación tocándole el hombro, ella viró. Por su cara mis sospechas eran ciertas, no me había visto en toda la noche, pero vinimos a jugar.

-          Creo que entre tu falda y el alcohol, se ha averiado mi aire acondicionado.

Me miró incrédula, la miré con ganas. La besé, un beso intenso, mi lengua rozó sus labios, pero su boca desinteresada no se abrió, más bien se alejó de mi disparada. Aún no se de donde salió esa agilidad en mi brazo, la agarre de la nuca, y volví a besarla, esta vez se regaló más, note como su boca se abrió entregándome su lengua áspera, mordí el manjar. No me hicieron falta ni dos segundos para adivinar que no tenía ni puta idea de besar, siempre tan contenida ella.



Y se desataron mis ganas, se borró el contexto y mi mano le dio un repaso a su aún seco tanga, de coño a culo, dejé mis huellas impresas en aquella inocente. Se apartó sorprendida de aquél descaro característico en mi, y desde el fondo del bar se inició un tumulto. Por lo poco que pude ver, tenía claro que yo era el destinatario de los gritos, de todos aquellos “fill de puta” y reí. Cinco segundos fueron suficientes para tener en mi frente estampada una botella de cristal, por más que intento recordar la marca de la cerveza no lo consigo, pero sé que lo único que pensé en ese momento era beberme una de esas. Dado el frío cristal y la sangre creo que era conexión suficiente como para dedicarle el resto de la noche a esa bebida, pero no lo conseguí. Tras el impacto, descubrí que no había conectado con aquella birra, que él seguramente era el novio de aquella tipa, y que eran demasiado jóvenes como para perder la fe en el compromiso en las relaciones que la sociedad nos ha enseñado en pizarra. Para medir 1'90m el chico no sabía golpear, lo tenía todo a su favor y fracasó.

Salí por mi propio pie y dado mi estado y el altercado eso era mucho decir. Vagué fugazmente por callejuelas llenas de rostros, de sonrisas ebrias, de tonterías de colegiales. Como siempre sude de todo el gentío hasta llegar a otro querido sixpack. Empece la primera mientras caminaba y me encontré a una compañera para beber. Morena, no muy alta, quizás no resaltará entre la multitud pero tenía un cuerpo proporcionado y era lo máximo que podíamos pedir a esas horas.

Seguimos bebiendo e intentando vender las latas que aún quedaban intactas, sin éxito. La gente ya no estaba por beber e ignorándoles nosotros íbamos acabando la cerveza, compartiendo latas. Llegamos al mar, sería falso porque solo se veían barcos, barrenderos y algunos pakis pescando al hilo. Dada su escaso éxito en la noche me identifiqué con aquellos mendigos, no habría desayuno para ninguno de nosotros, y la cerveza se acabó.

Nos recogíamos, todo había acabado ya, bueno no todo. Ganas de mear despertaron en mí, demasiada seguridad en los puestecitos nocturnos me hicieron cobijarme en uno de los muchos contenedores, baño público durante toda la noche no le importaría un par de meadas más.
Digno placer que bien sienta siempre, me sacudí un par de veces, las gotas ya no se precipitaban y me guardé la polla. Esa sería la única acción que vería hoy.

Me estaba despidiendo del charco dorado cuando ella se atrevió a mear justo allí delante de mi. Raramente con mi ebriedad me hubiera fijado en tan insignificante detalle, pero esa noche era diferente, estaba hundido y cuando estoy hundido despierte la parte más perturbada de mi mente.
Podía escuchar perfectamente la cascada golpeando el suelo, la tenía detrás mío a tan solo diez centímetros, podría echar un vistazo, algo rápido, indoloro. Pero fui más allá, no podía controlar mi ser, y eso es síntoma de una gran noche.

No quería sexo, no quería besos, era demasiada buena chica como para corromperla. Todos mis sentidos, mis deseos se centraban en agacharme delante de ella e introducir mis manos en aquella lluvia caliente, cobijarme como un demente bajo sus piernas, lavarme las manos en esa colonia salada, tan personal, tanto que tenía que ser mía. Torpemente me giré, y me precipité sobre ella. En mi cabeza un único objetivo, acercar mis manos, lavarme la cara.

Mi posición me hacía vulnerable, podría recibir la huella de su calzado en cualquiera de mis mejillas, incluyendo un directo a la nariz, pero ya había sangrado aquella noche. Me deje de cobardías y logré colocar ambas manos entre sus piernas. Ella vaciló pero entendió perfectamente la falta de sexualidad en mis actos, solo era un ser desnudo, pobre, buscando cariño en los sitios más extraños.
Sentí el calor del líquido, el contraste con la fría noche, su olor me impregnó de inmediato. Me lleve las manos a la cara intentando no desperdiciar ni una sola gota del elixir. Notaba como mis mejillas enrojecían al entrar en contacto con mis húmedos dedos. Temblando me lleve los dedos a la boca, los lamí tímidamente, devoré aquellas manos con ansía.


Le ayudé a levantar no sin antes limpiarme las manos en la camiseta, ahora amarillenta:

-          ¿Desayunamos? - preguntó ella queriendo alargar la noche, de día.

Me encendí un cigarro, la miré, me tenía ganado y:

-          El desayuno nunca viene incluido.


Fue mi despedida, mi agradecimiento a la persona que me había salvado del infierno. La salvé al prometer no volverla a ver, ella me intento hacer creer en el destino pero Dios no mira cuando no le pagan.

by Little C.

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