En mi
cabeza aún rondaba la percusión que inicia “Simpathy
for the devil”, por suerte no era lo único que mi cabeza podía presentar en
aquél mismo momento, ya que de un pequeño corte nacía un hilo de sangre más
caudaloso de lo que se esperaba de un simple botellazo.
Ese
día todavía no había logrado escribir nada con sentido y una llamada con
guadaña abrió la veda a mis ebrios demonios sedientos de caminatas inertes, de
humo verde y de algún alcohol barato que nublase mi cabeza y cambiase mi
percepción de la ciudad donde esa noche mis pies decidieron darse a conocer.
No
era extraño verme deambular con un sixpack
calentándose en mi mano; debatiendo fervientemente con mis adentros,
mostrando a cámara rápida todos los estados anímicos que podía llegar a adoptar
en una sola noche.
Serían
las 23h más o menos cuando se terminó la cuarta lata de birra, no era un gran
ritmo, lo sabía pero esa noche Lady Marie
Jane, ya había golpeado mi cabeza en un par de ocasiones, destrozando a su
paso mi dispensador de calma. Recuerdo ver vasos de plástico volar llenos de
pasotismo adolescente. Y cómo mis manos se alzaron para tocar el fugaz elixir
que me arrebató la gravedad. Fue el primer indicio, la primera toma de contacto
entre mi mente y las ideas enfermantes que nacerían unas horas después.
No
eran ni las doce cuando ya no sabía como tenerme en pie, cada paso era un
instante de infierno que se olvidaba con el siguiente. Aunque entre oscuridad y
maleza hecha multitud nadie reconocería mi pobre estado, podrían confundirme
con un mendigo pero aún así no acertarían a descubrir realmente mi estado.
Vomité y nunca estuve más orgulloso de mi obra, fue perfecto en todos los
aspectos, era asqueroso casi visceral, contenía el espesor perfecto, muchos
grumos pero sin esos trozos de alimentos por digerir. Además la cebada siempre
sabía darle color a mis interiores y yo lo había dado todo porque aquél grupo
sentado en la calle conociese mi mejor yo.
-
Os lo dedicaría, pero tengo que encontrarme a mí
mismo primero.- con esta frase me digne a despedirme.
Entre
histeria y muy calmadamente logré esfumarme de todo ese olor, demasiadas cosas
muertas de mi, hacían aún más vomitivo ese hedor. El agua estancada era toda
una fragancia en comparación. Joder, se te enganchaba ese aroma ácido y dañino,
quizás aún lo tenga por aquí. Mientras mi garganta estaba candente mi pobre
vista comprobó que no tuviese manchas en mi ropa, no por mi, estaba más que
acostumbrado; pero la sociedad se ha vuelto exquisita y ver restos de vomito
estaba penado con risas, miradas de superioridad, alguna limosna, y un claro
“Así no puede pasar, caballero”.
Era
gracioso cuando tambaleándome sacaba de cualquier bolsillo un buen rollo de
billetes, sin importar el color, los rollos siempre impresionaban, entonces se
te abrían las puertas, los culos de los porteros esperando billetes en sus
sudorosos y peludos culos o afeitados como marcan los cánones, y los “Disculpe
señor puede pasar, no le reconocía...”. En esos momentos de placer, solo
quedaba desabrocharme los botones del pantalón, obscenamente mejor, sacar la
polla y con un buen chorro de presentación ponerse a mear entre gorila y
gorila, si, ese gran dulce placer amargo.
No
soy un rico derrochador, tengo el dinero justo para pasar los días, pero
siempre me gustó beber acompañado de una cartera llena, una de mis muchas
manías nocturnas. Pero siempre supe que las noches no acaban con la presencia
del Sol y siempre se necesita parné para sobrevivir en el mundo del
alcoholismo.
Necesitaba
comer, lo más fácil era pararme en cualquier puesto de comida rápida, esos
surtidores llenos de plástico comestible, de alquitrán fácil de digerir y
evacuar. Tras cuatro hamburguesas ya había evacuado de mi sistema la humeante
droga; no era por elección propia pero lo necesitaba para seguir cenando whisky
en cualquier tugurio.
Era
una de esas noches donde te encuentras destinado al garrafón. Los selectos
clubes o las tabernas sofisticadas, daban pie a historias difíciles, a mujeres
problemáticas y grandes historias para escribir, historias para alimentar a mis
demonios; pero era una de esas noches donde te encuentras destinado a huir de
ti mismo. Para dicha misión no hay nada mejor que la gran cantidad de baja
calidad.
Siete
u ocho cubatas más tarde, ya me encontraba mucho mejor, llegaba a encontrarme y
abrazarme.
La
gente se cree que al encontrarse uno se le resuelven todos los problemas, la
vida fluye mejor y la felicidad llega. La felicidad nunca se fue, no encuentre
la salida, pero la ignoráis. Yo me encuentro en cada vaso de graduación
importante, me abrazo y me despido de mí mismo hasta la próxima. Y dejo que mi
pésima existencia siga su curso natural. Porque encontrarse es muy bonito,
dicen que te llena, pero al mundo le importa una mierda estos encuentros, te
seguirá jodiendo por mucho que estés realizado o en armonía.
Miraba
de reojo ese grupito de modernos, ella destacaba como siempre pasa, no era gran
cosa, pero todo se magnifica de noche. Pequeñita, con las manos en los
bolsillos, sonreía de vez en cuando y juraría que nuestras miradas se cruzaron
en un par de ocasiones; confesaré que en muchos momentos mis ojos hacen
contacto con cualquier figura interesante pero mi cerebro no recibe señal
ninguna. Así no podría asegurar que la chica de la falda me hubiera estado
mirando todo este rato. Me levanté haciendo gala de una libertad absoluta, da
igual si acabara preso o pateado por un equipo de rugby, haría lo que quisiera
en el momento que las ganas se me presentase, sin importar nada más. Las
consecuencias de mis actos siempre pensé que eran ajenas a mí, siempre nacían
en los demás y optaba por despreocuparme por los demás, no me juzguen, es la
carta de presentación de nuestro egoísmo innato.
Me
dirigí hacia ella, la silueta se tornaba borrosa, pero conseguí no alejarme o
desviarme del objetivo, muy sutilmente interrumpí la divertidísima conversación
tocándole el hombro, ella viró. Por su cara mis sospechas eran ciertas, no me
había visto en toda la noche, pero vinimos a jugar.
-
Creo que entre tu falda y el alcohol, se ha
averiado mi aire acondicionado.
Me
miró incrédula, la miré con ganas. La besé, un beso intenso, mi lengua rozó sus
labios, pero su boca desinteresada no se abrió, más bien se alejó de mi
disparada. Aún no se de donde salió esa agilidad en mi brazo, la agarre de la
nuca, y volví a besarla, esta vez se regaló más, note como su boca se abrió
entregándome su lengua áspera, mordí el manjar. No me hicieron falta ni dos
segundos para adivinar que no tenía ni puta idea de besar, siempre tan
contenida ella.
Y se
desataron mis ganas, se borró el contexto y mi mano le dio un repaso a su aún
seco tanga, de coño a culo, dejé mis huellas impresas en aquella inocente. Se
apartó sorprendida de aquél descaro característico en mi, y desde el fondo del
bar se inició un tumulto. Por lo poco que pude ver, tenía claro que yo era el
destinatario de los gritos, de todos aquellos “fill de puta” y reí. Cinco
segundos fueron suficientes para tener en mi frente estampada una botella de
cristal, por más que intento recordar la marca de la cerveza no lo consigo,
pero sé que lo único que pensé en ese momento era beberme una de esas. Dado el
frío cristal y la sangre creo que era conexión suficiente como para dedicarle
el resto de la noche a esa bebida, pero no lo conseguí. Tras el impacto,
descubrí que no había conectado con aquella birra, que él seguramente era el novio
de aquella tipa, y que eran demasiado jóvenes como para perder la fe en el
compromiso en las relaciones que la sociedad nos ha enseñado en pizarra. Para
medir 1'90m el chico no sabía golpear, lo tenía todo a su favor y fracasó.
Salí
por mi propio pie y dado mi estado y el altercado eso era mucho decir. Vagué
fugazmente por callejuelas llenas de rostros, de sonrisas ebrias, de tonterías
de colegiales. Como siempre sude de todo el gentío hasta llegar a otro querido sixpack. Empece la primera mientras
caminaba y me encontré a una compañera para beber. Morena, no muy alta, quizás
no resaltará entre la multitud pero tenía un cuerpo proporcionado y era lo
máximo que podíamos pedir a esas horas.
Seguimos
bebiendo e intentando vender las latas que aún quedaban intactas, sin éxito. La
gente ya no estaba por beber e ignorándoles nosotros íbamos acabando la
cerveza, compartiendo latas. Llegamos al mar, sería falso porque solo se veían
barcos, barrenderos y algunos pakis pescando al hilo. Dada su escaso éxito en la
noche me identifiqué con aquellos mendigos, no habría desayuno para ninguno de
nosotros, y la cerveza se acabó.
Nos
recogíamos, todo había acabado ya, bueno no todo. Ganas de mear despertaron en
mí, demasiada seguridad en los puestecitos nocturnos me hicieron cobijarme en
uno de los muchos contenedores, baño público durante toda la noche no le
importaría un par de meadas más.
Digno
placer que bien sienta siempre, me sacudí un par de veces, las gotas ya no se
precipitaban y me guardé la polla. Esa sería la única acción que vería hoy.
Me
estaba despidiendo del charco dorado cuando ella se atrevió a mear justo allí
delante de mi. Raramente con mi ebriedad me hubiera fijado en tan
insignificante detalle, pero esa noche era diferente, estaba hundido y cuando estoy
hundido despierte la parte más perturbada de mi mente.
Podía
escuchar perfectamente la cascada golpeando el suelo, la tenía detrás mío a tan
solo diez centímetros, podría echar un vistazo, algo rápido, indoloro. Pero fui
más allá, no podía controlar mi ser, y eso es síntoma de una gran noche.
No
quería sexo, no quería besos, era demasiada buena chica como para corromperla.
Todos mis sentidos, mis deseos se centraban en agacharme delante de ella e
introducir mis manos en aquella lluvia caliente, cobijarme como un demente bajo
sus piernas, lavarme las manos en esa colonia salada, tan personal, tanto que
tenía que ser mía. Torpemente me giré, y me precipité sobre ella. En mi cabeza
un único objetivo, acercar mis manos, lavarme la cara.
Mi
posición me hacía vulnerable, podría recibir la huella de su calzado en
cualquiera de mis mejillas, incluyendo un directo a la nariz, pero ya había
sangrado aquella noche. Me deje de cobardías y logré colocar ambas manos entre
sus piernas. Ella vaciló pero entendió perfectamente la falta de sexualidad en
mis actos, solo era un ser desnudo, pobre, buscando cariño en los sitios más
extraños.
Sentí
el calor del líquido, el contraste con la fría noche, su olor me impregnó de
inmediato. Me lleve las manos a la cara intentando no desperdiciar ni una sola
gota del elixir. Notaba como mis mejillas enrojecían al entrar en contacto con
mis húmedos dedos. Temblando me lleve los dedos a la boca, los lamí
tímidamente, devoré aquellas manos con ansía.
Le
ayudé a levantar no sin antes limpiarme las manos en la camiseta, ahora
amarillenta:
-
¿Desayunamos? - preguntó ella queriendo alargar
la noche, de día.
Me
encendí un cigarro, la miré, me tenía ganado y:
-
El desayuno nunca viene incluido.
Fue
mi despedida, mi agradecimiento a la persona que me había salvado del infierno.
La salvé al prometer no volverla a ver, ella me intento hacer creer en el
destino pero Dios no mira cuando no le pagan.
by Little C.
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