viernes, 4 de octubre de 2013

True Unhealthy Love

No siempre era la noche la que me inducía a dormir, a acostarme en cualquier rincón de maldad, o mi propia cama. Y mi cama era un problema, ya no por el hecho de hacerlo a solas, no me gustaba compartir cojines, aliento y los sueños que se me escapan sin dejar respuestas ni recuerdos; sino por uno de mis muchos archienemigos, quizás el más temido desde la sobriedad, el celibato y los corazones tallados. El mosquito.

No me refiero a toda la especie, a esos ebrios alados seres en busca de sangre. Nunca llegué a entender qué bueno tendría la mía. Yo era uno de esos tipos contaminados por los vicios, por los excesos. Uno de esos tipos cómodos entre vómitos y fluidos vaginales. Me refiero a él. Un ejemplar único, pequeño, rápido y más astuto que yo, mucho más. Sería el anticristo de los mosquitos, un puto psicópata.

Ya son muchos años analizándolo, intentando aprender de sus movimientos, buscando desesperado marcas en mi cuerpo, zonas abultadas y rojizas. Me rascaba buscando el punto de dolor que te ofrece una picada, jamás tuve la suerte de encontrar nada, nada que llevase su firma. Sólo acechaba, se aproximaba, mostraba su posición noche tras noche y desaparecía. No era un mosquito cualquiera, no buscaba complacerse mordiendo mi piel, engullendo el tinto que recorre mis venas. Él se contentaba con molestar, con acabar con la poca cordura que me pertenecía. Sólo esperaba verme delirar, dar vueltas sobre mí, que mi cabeza implosionara, verme maldecir al techo y desmayarme.

Siempre supe como cazar cualquier cosa, solía matar monstruos cada noche que me daba por deambular por las calles. Normalmente bastaba con noquearlos, con desorientarlos con grandes sumas de alcohol y drogas. Los solía ir perdiendo por el camino, no eran capaces de seguir el ritmo y al igual que muchos perros abandonados, miraban con cara triste mientras le regalabas tu mejor espalda, tu mejor yo. Y nunca encontraban el camino de regreso a casa.

Mujeres, otras preciadas piezas de coleccionista para un cazador. Dados los muchos tipos de chicas siempre se escondía una estrategia bajo su sombra de ojos. La astucia y la labia era el único método correcto cuando no se dispone de un físico que lo haga todo por ti. El mundo está lleno de este tipo de cazadores. Si los estudias objetivamente con una birra en la mano llegarás a entender la necesidad que tienen de triunfar, el fracaso es la muerte de estos individuos, no lo reconocerán, mentirán; pero son reos de muerte.
  
Quizás lo más satisfactorio a la hora de cazar son las mentes. No podría describir todas las erecciones que me provocaron introducir ideas en mentes, llevarlas a tu terreno y cuando nadie mira follártelas como animal salvaje, sin sentimientos ni miramientos. ¿Los besos?, para los novios, aquí solo es válida la saliva que resbala por la piel para introducirse en vaginas y anos. Esperen a la eyaculación, al nirvana. Y es que cuanto más fuerte es la mente, cuanto más cueste convencer y vencer, más se alargará el orgasmo. Añoraría el olor del sudor de dos cuerpos enfurecidos, embistiéndose, por lo demás sería el mejor polvo de vuestra corta y desaprovechada vida.

Pero este puto mosquito me tenía ganado, me tenía hasta las manos por no decir los huevos. Era superior a mí en todos los aspectos: se conservaba bien no sería de chupar sangre negra, estudiaba cada noche el mejor modo de acecharme, de presentarse en el momento oportuno para cabrearme y jamás perdería la paciencia ni la vida, que era más de lo que podía esperar de mi.

En las noches más silenciosas esperaba unos quince minutos hasta que yo ya me había hecho a mi cama, me estaba enterrando en un nuevo sueño de tres o cuatro horas. Entonces iniciaba su ritual, bajaba de su posición y algo se escuchaba de fondo. Un leve zumbido hacia acto de presencia, intensificando a cada aleteo su canción, esa maldita canción que se clavaba en mi sien. Se posaba cerca de mí, los dos lo sabíamos y cuando mi cuerpo se estremecía, resucitaba de su letargo cualquiera de mis brazos y atizaba al aire en numerosas ocasiones, todas sin éxito.

Tras este breve contacto, desaparecía sin dejar rastro. Nunca supe si se marchaba o se quedaba escondido bajo la cama, sería tutor del hombre del saco, se mofarían de mis miedos y de mi falta de sueño, se reirían de cómo tras tanto tiempo seguía siendo la misma presa fácil. Pensareis la típica historia del cazador cazado, pero se asemejaría más a la verdad si me trataran de perdedor.

Y empecé a decaer, cada día más frustrado, las ojeras se intensificaban en mi rostro. Me pasaba las noches comiendo techo con todas las luces encendidas, esperando, deseando que aquél hijo de puta se cruzase conmigo, preparado para matar. El zumbido volvía a mi cabeza, pero era yo el que lo inventaba el que lo pintaba en mi cuarto sin explicación. Apagaba todo para darle comodidad a mi asaltante, para invitarle a salir de nuevo. Pero él era listo, mucho y jamás atacaba dos veces, él sabía controlar sus ganas. Por mucho mono que tuviera se mordía las alas por no salir. No era un kamikaze, calculaba sus pasos y jamás se salía de lo establecido.

 De algo se tenía que alimentar ese cabrón, ¿cómo se las ingeniaba para seguir respirando? De día sería igual de calmado y calculador para comer. Al salir cada mañana rezaba a alguien para que no muriese mi enemigo, para poder darme la satisfacción; igualmente no le querría la muerte ni por mis propias manos. Quería cortarle las alas y clavarlo en mi pared,  quería torturarle como a él le gustaba hacérmelo, alimentarlo para alargar su jodida existencia, regalarle la vida que no merecía hasta que la despreciase. Nunca algo fue tan personal para mí. Yo fui elegido por él, por aquellos tiempos me alimentaba con venganza. Me disfrazaba de un tipo de Montecristo preso, con una maldad inhumana.

El maltrato psíquico era más que notable físicamente, me cansaban los días. Me cansaba la idea de permanecer lejos de una nueva oportunidad. De llegar y no tener noticias de él. Era curioso como la obsesión se había tornado necesidad, no sabía vivir sin él, y él tenía muy claro que se suicidaría sin mí.

Estaba perdiendo peso considerablemente, la ropa ya casi ni me servía, los pantalones resbalaban por mi cintura lentamente, mucho más de lo que la moda marcaba. Recomendaría poner uno de estos mosquitos en vuestras vidas si lo que buscáis es perder peso, una dieta que os permitirá seguir comiendo la mierda a la que estáis acostumbrados, sólo debéis sacrificar vuestras noches, vuestro descanso y como síntoma final, vuestra cordura.

Motivo de dicha pérdida de cordura, me dirigí a un supermercado cercano y llene el carrito de exterminadores de todo tipo: matamoscas, espráis, inciensos, esas bandas donde se enganchan todo tipo de insectos voladores. Nada hacía efecto, me encontraba por las mañanas con las bandas liadas en mi pelo, el gas tóxico descuidaba mis pulmones aún más de lo que yo solía hacer. Los inciensos apestaban mi habitación, nadie se atrevería a entrar con ese olor cargante, se metía en la garganta y se quedaba allí instalado, te secaba los adentros, consumía tu saliva. Los matamoscas se iban rompiendo antes de cumplir su función, nunca llegaron ni a rozar al objetivo. Más que una trampa mortal para él, muriendo estaba yo lentamente.

Las soluciones más sencillas fracasaban, todos los productos eran engañosos o él se había hecho inmune a lo largo de sus años. Las opciones de cambiarme de habitación por unos días, incluso de dormir en el suelo o en el sofá del salón eran inútiles. Conocía todos mis movimientos antes que yo me hubiera parado a planteármelos, me perseguía por todos los rincones de la casa y sólo cuando conseguía relajarme él atacaba, como siempre una sola vez.

No me consideraba un buen escritor, ni siquiera me consideraba un simple escritor, escribía y eso era más de lo que podía pedir; lo mismo me pasaba en el sexo, follaba pero nunca me importó cuanta calidad era capaz de presentar a mi compañía. Cocinar, cocinar era de esas cosas que se me daban bien, a lo que me gustaba dedicarme de vez en cuando.

Cocinando fue cuando tuve la genial idea de asesinar al mosquito, de perseguirlo sin descanso como el asesino enmascarado de un slasher. Estaba picando cebolla, llorando como un perdedor, cuando esto ocurría me escondía tras mis gafas de sol amarillas y seguía con mi vida. Estaba limpiando el cuchillo de los trozos restantes de cebolla cuando descuidadamente apreté mi palma de la mano más de lo que debía. La sangre empezó a caer en la pica, se unía con el agua en su camino al desagüe. No reaccioné, no chillé, no gesticulé, únicamente me centre en ver como la sangre emanaba de la herida. Me recuerdo apretando más, sádicamente provocando que el caudal rojo aumentara y desbordase la piel.

En aquél instante me imaginé capturando al mosquito, lanzando el cuchillo al más puro estilo Rambo, atravesar las alas de mi enemigo y dejarlo atrapado, clavado en la pared. Agarré el cuchillo, que guardaba para sí mismo un poco de mi sangre, y lo escondí bajo mi almohada, ocultando mi arma a cualquier insecto que estuviera vigilando, que pudiera ejercer de soplón.

Las noches pasaban y mi habitación era mi propio reflejo, ahora se veía todo agujereado. Lleno de puñaladas, de navajazos inservibles. El mosquito seguía regodeándose mientras mi cuarto caía en decadencia al mismo ritmo que mi pesada existencia. Podían verme clavar el cuchillo ya directamente en la pared, sin esperanza; tallando nombres, muerte y mosquitos decapitados. Creo que me olvide del objetivo y deliré, deliré hasta el punto de no buscarle, de no dedicarle mi rabia, ahora era mi piel la que sufría los cortes, estudiaba mi umbral del dolor, estudiar la profundidad de los cortes y su periodo de cicatrización. Imaginen un Memento pero substituyan los tatuajes por mensajes a cuchillo.

Las noches me trajeron muchos, demasiados, enemigos; aunque a veces solía equivocarme y hacer un par de amigos, inútil amistad que duraría un par de cervezas. Y muy de vez en cuando se cruzaba contigo un buen mercenario, un tipo al que temer pero en el estado que me solía presentar no había lugar para las emociones. Uno de esos tipos que han muerto aunque sigan respirando, una de esas negras almas que se movían por círculos todavía desconocidos por mí, aunque no tardaría en caer.

Por esto no ha de extrañaros que una buena noche apareciese con una pistola en mi cuarto, una pequeña arma que de momento sólo me había servido para rascarme la cabeza en un par de ocasiones. Había visto demasiadas películas, tantas como para usar uno de mis cojines de silenciador; sobre el papel todo era bastante sencillo aunque no sabéis lo complicado que era apretar un almohadón contra el pequeño cañón de mi pistola.

 Me había sobrado un único esprai mata-mosquitos y decidí tenerlo a mano, junto a mi zippo, lo encendía y lo apagaba con un ágil movimiento. Uní aquellos dos objetos, quemé parte del mural, las cortinas enteras se habían consumido. La calidez de las llamas inundaban mi cuarto, me atrapaba el fuego, me hipnotizaba y durante varios días el mosquito se había borrado de mi mente, las llamas me hechizaban, me invitaban a acercarme, a chamuscar alguna de mis manos, veía como nacían ampollas en ellas sin existir dolor. Estaba realmente mal. Supongo que autolesionarse era el único demonio en vida capaz de borrar del mapa mi extraña necesidad, mi relación bizarra con aquél insecto.

Mi médico de confianza me esperaba puntual cada mañana a las diez de la mañana en su consulta. Esperaba con curiosidad escuchar mis historias nocturnas, ver que lesión me había provocado, ver en qué estado aparecería. Se deleitaba con mis anécdotas, me miraba siempre con los ojos grandes, era el típico abuelo que cuenta batallitas y me daba lástima ese pobre infeliz de bata blanca; yo era lo más emocionante de su vida, y solo soy un mierda más.

Ocho balas, ocho. No había tenido invitados para la última cena, la boda no tenía invitados ni de mi bando ni del mosquito. Nada de cartas de despedida ni herencias. Su ataque no tardó en aparecer, saque mi pistola y desquiciado empecé a apretar el gatillo, sin miramientos, sin apuntar. Bala tras bala, se me había olvidado el cojín silenciador, ya todo daba igual. Siete balas volaron sin acertar el objetivo, y acepté mi destino. Acepté mi fracaso y la tortura que el bicho me iba a regalar durante toda mi existencia. Mis ojos se nublaron, mi cuerpo se tambaleó aterrizando de espaldas en mi sucio colchón. No sé todavía cómo adopté aquella pose, tumbado, derrotado, con uno de los brazos recogido, mientras el de la pistola se colocó estratégicamente para unir al cañón del arma con mi cabeza, aún humeante, caliente.

Quedaba una bala, una. Una oportunidad, una. Y sólo uno de los dos, uno, salió con vida del edificio al día siguiente. Antes de apretar el gatillo sin saber el destino del disparo, me pregunté si no fue mi cabeza la que se había mofado de mí todo este tiempo. Y si todo había sido una mentira, un espejismo creado por mí.

Y si, sólo fue amor. Inevitable. Insano. Love.


by Little C.

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