La respiración agitada, las piernas corrían cual carrera salvaje en un hipódromo, las manos se apoyaban en cualquier pared resbaladiza, llena de mugre, cualquier cosa para cambiar de dirección, para seguir huyendo, para no caer ni perder el equilibrio de una vida inestable de por si. La persecución se volvía cada vez más intensa, más necesitada por la presa que por el cazador; unas inagotables fuerzas por escapar de lo ajeno, de lo desconocido, de ese azul marino que nos aboca a un final lleno de incógnitas, a un giro de toda la trama, una muerte incierta.
Porque todos los cementerios están llenos de lapidas rotas, de tumbas vacías, que se llenan y se vacían por los mismos cadáveres día tras día. Siendo la vida una sucesión de muertes, muertes de situaciones, de tiempos, de parejas, de amistades y de familias; la vida solo es soñar con algo mejor y luchar por no conseguirlo pero quedarnos cerca.
Y giro un momento mi rostro, solo un respiro de una persecución que me consume, y por primera vez veo el rostro de mi perseguidor, de mi cazador sin rifle. Fue cuando el corazón amagó con detenerse, con dejar de huir y ser capturado, preso por ese rostro moreno, tan familiar y tan odiado a la vez, era yo. Y allí me encontraba persiguiéndome a mi mismo, siendo poco original, preguntándome cual de ellos era el verdadero yo, cual era el malvado de los dos.
Cesó, la respiración agitada cesó, dando paso a una más torpe y pausada, a un último aliento que no se despedía fácilmente. Tos y todo mi cuerpo se desvaneció bajo el dolor de un torso contagiado, bajo una camiseta rota por un único lugar, bajo ese hilo tímido de ese tono rojizo de un tinto que solo una herida puede producir, bajo ese cuchillo que mi yo más amable clavó a consciencia.
Sin huellas, ni testigos, se da media vuelta y continua corriendo hacia el Sur de un día que muere como ese cuerpo mojado, en medio de un callejón que no invita a entrar. Y descanso en paz en mi nuevo lecho, esta vez de muerte, más tranquilo que nunca, y no es mi vida la que veo pasar ante mi, ni los gatos que devoran contenedores llenos de basura no reciclada, solo logro ver sin comprender, otra....
Todos morimos de vez en cuando, no entiendo la gravedad de un acto tan natural, del miedo a lo desconocido cuando hace más daño lo conocido, lo vivido. Porque quedarse atrapado en un dolor incesable, en la rotura de un corazón cobarde, si solo se rompe una vez, si todo lo demás no son más que rasguños, heridas superficiales, porque quedarnos aquí, porque no elegir morir para volar por mares y montañas, para encontrarnos de nuevo y sonreír sin motivo, para dar significado a un mundo que sin ti seguiría girando pero contigo lo hace con más estilo.
...otra de esas noches donde vives de la lluvia, de sueños que no se cumplen los quieras contar o no, otra de esas noches donde no crees en el destino pero él se vuelve a mofar, a darte una última primera lección de quien manda en este juego de tango de cuerpos separados y palabras vacías, otra de esas noches mágicas que no sueles regalar. Porque son estos en los momentos donde una nueva persecución se inicia, cuando todo acaba, de camino a casa, empiezas a acelerar el ritmo para no parar hasta sentir el frío acero abriéndote paso hacía otra vida.
Acabar para iniciar, morir para volver a vivir esas noches insuficientes, para vivir momentos que no pueden existir pero lo hacen por un solo motivo, para buscar excusas, para susurrarte que esas noches pobres fueron las mejores de mi pasada vida, para despejar una incógnita que se me resiste...