sábado, 19 de marzo de 2011

Charcos, basura y arte

Caía de nuevo el sudor de su frente, mientras el saxofón era su nueva marioneta nocturna; su inhalador de vida mientras el jazz le apartaba la mirada de la cocaína que llegaba siempre con whisky del barato. Una mano clavando cada nota que sus pulmones exhaustos se atrevían a regalar; la otra pañuelo, seda en mano abrillantaba cada una de sus provocadoras curvas doradas.

El sudor llegaba como una broma de mal gusto, su gorra bajera empapada. Su cuerpo le ponía a prueba, quería verlo fallar, era la venganza del cuerpo de un reo a causa de sus ansías de conocer lo más profundo de gargantas quebradas por la vida. Pero sus frágiles dedos se mostraban firmes de nuevo, quizás movidos por un espejismo, por el falso reflejo de una luna vestida de cerveza y humo. Podías clavar la mirada en él, esforzarte y ver como en cada melodía, se arrancaba lo que le mengua de vida, abre la palma de la mano, sopla y la regala, a esos funcionarios que no están por la labor, no tienen ese paladar refinado que disfruta de cada nota atravesada con cinco líneas. Esos tipos que se perdían en el entender que los mendigos tocan corazones a cambio de tabaco y enjuague bucal de bar.

Y como cada noche el vaso se vaciaba y tocaba acabar la jam, solo, al igual que cada noche desde que decidió emanciparse de su princesa de cristal, de ese saco de huesos inertes, interesados en los vicios más sucios que él le podía facilitar. Balada tocada de memoria, mientras el retrato de sus labios proyectaba con cada soplo, saliva mezclada con sangre, de este cierre de noche que tanto odia. El dueño recogía las jarras llenas de problemas y asperezas; y entre chistes y falsas alabanzas se despidió de tal antro, soñando que una nueva madrugada llegara y esa sucia calabaza se volviera un gran teatro, un gran escenario con su rostro en cartel, y su nombre ya olvidado presidiendo la noche, hasta una nueva catarata de sudor en su frente, un nuevo despertar asfixiante, una nueva tormenta nocturna, y la calma que llega con la realidad que pintan sus ojos.

Y que sabrá él de la vida si la asfixió con cada paso que dio hacia una vida que no le tocaba vivir, hacia esas noches de mascaras que desconocían su nombre, su alma y su esencia. Que iban a saber ellos de amaneceres si nunca habían visto el sol; y como aplaudir si las venas hinchadas y agujereadas temblaban cuando sus palmas se aproximaban. Y como escuchar su música, como experimentar la evasión, la liberación de este sucio mundo obrero, si solo se escuchan los golpes de los zapatos contra el suelo, limpiando restos de vómitos y abusos.

Y su vida acaba, cierra la puerta debajo de su puente, cuelga en el suelo la chaqueta y lanza las llaves imaginarias de casa, se acurruca entre cartones y se despide de su petaca hasta que sus legañas le exijan beber de nuevo.

Y durante el día solo consigue vivir visitando su entierro una y otra vez, un entierro sin sermón, ni reverendo, sin asistentes; siendo él el único ramo que se pudrirá delante de una lápida vacía de letras, llenas de sentimientos, de notas que un día volaron con sus cenizas y que hoy se podrán respirar en cualquier callejón húmedo, hogar de mendigos, de arte asustado y escondido..

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