La noche cae como en otras tantas ocasiones, y las pesadillas siempre al acecho nos acosan, siempre pendientes de cuando entrar a escena, el sudor cae por tu cuerpo aunque no lo sientas aunque estés tan inmerso en ese mundo de sombras en el que tu cuerpo se ha visto prisionero. Y luchar no es una opción, nunca lo fue, solo cabe esperar a despertar, a un nuevo amanecer, deseando, rogando que el Sol este de buen humor.
Y la pesadilla se torna realidad, al ver que tu esencia no reside en la misma habitación que yo, al ver que no existieron gestos el día anterior, y me vuelvo preso de una habitación cerrada y quizás lo único que anhelas es abrir una puerta que me lleve a tu amanecer, una ventana que me sorprenda con tu brisa.
Y empieza el día con el agua helada de un grifo obligado a funcionar, con un reflejo que me hace abrir los ojos y me confiesa que el mundo es demasiado amplio para entenderlo, que corre más que mis pies, pero la única solución es frenar, y pararse a conocer todas esas miradas que se cruzan, esas sonrisas que se esconden, porque quizás ahí fuera hay algo que siempre se escapa, el amor.
Salgo al mundo intentando frenar, pero son mis pies los que tropiezan una y otra vez por culpa de la realidad, de esta vida que no quiere detenerse por mucho que se lo ruegue.
Entiendes con la Luna de testigo cuando la soledad de tu cuarto se muestra en todo su esplendor que los días no son más que lo que las suelas de las bambas que ese día elegiste calzar se guardan para si mismas, y ese día solo me aguardaba un trozo de pulsera improvisada, muerta antes de poder llegar a significar nada.
Me acostumbre entonces a contar las miradas que me ocultabas, todas esas tímidas sonrisas que apenas se dibujaban, para conseguir dormir.
Te cruzarías en algún vagón de los trenes que acostumbraba a coger, en los pasillos de algún metro donde solía evadirme de la realidad, en cualquier parada de cualquier autobús donde alguno de los dos no llegó a alcanzar el bus anterior o en alguno de mis días donde vivo por inercia.
Sin darte sin darnos cuenta se que el tiempo se detuvo un instante solo para advertirnos que eso no era parte del plan, que no entraba en las cabalas del destino, para dejarnos entrever que algo nos arrastraría a pillarnos los dedos, como siempre no le dimos la mayor importancia. Pero nos persiguió hasta alcanzarnos.
Tuvimos la suerte de vivir la vida que no elegimos disfrutar, pero que llego a nosotros como la lluvia de Abril, con Sol, con Luna pero siempre sin avisar, como esos tiempos de silencio donde las palabras que enamoran cesan, donde los gestos no nacen a mi merced, pero siguen presentes todas esas canciones que no hablan de nosotros y sin embargo hacemos nuestras, las firmamos y conseguimos que nadie las entienda, mientras sonríes y yo sigo sin entender de que van las películas en las sesiones golfas.
Son solo las ganas de complicarnos...
Solo los bailes de nuestras palabras...
Solo dejo de ser solo para acompañarte, para arrastrarnos mientras no nos soltábamos de la mano.
Apareces, cruzando esa calle que se hace eterna, miras a tu alrededor sin entender que es este nuevo mundo visto des de mis ojos, sin lograr comprender que formas parte de mi, aunque siempre anduvimos luchando, separándonos para acabar volviendo cada vez más vivos.
Los ojos se sinceraron, las sonrisas se paralizaron y mi respirar te confesó que los labios más urgentes a menudo no tienen prisa 3 besos después.
Solo me quedó susurrar "Bienvenida a Neverland", mi sonrisa inerte se volvía a dibujar cuando de pronto un "no puedo" la quebró...
Siempre es raro casi doloroso ver una silueta querida marcharse alejarse sin poder hacer nada, sin poder impedirlo...
Nunca fuimos capaces de detener el tiempo de apagar las luces y hacer un mundo para nosotros, pero no lo necesitábamos, quizás por eso antes de que formaras parte del horizonte alcancé tu mano, viraste sobre ti misma, y como siempre ocurre una pregunta fue la que habló de gestos sin mediar palabra.
"¿Por qué sigue brillando el Sol?"
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